martes, 1 de octubre de 2013

Patmos: El mar Melheri



Hacía más de tres días que no se veía nada. Mirara adónde mirara solo un denso resplandor violeta, pegajoso y macilento.
La tripulación lo llevó bien las dos primeras noches. La tercera, alguien creyó ver la alta espina dorsal de un malaute de cabeza rosada y el pánico se disparó. A pesar de ello, Patmos seguía en la borda, arrebujado en su capa.
Aunque también aborrecía aquella densa niebla fosforescente, las ganas de devolver eran más fuertes que su rechazo.
Jamás había puesto el pie en nada más profundo que un riachuelo. La nieve era para él mucho más natural que el agua y, a pesar de haber leído cientos de volúmenes que hablaban con pasión de aquella inmensidad violeta, a él no le causaba más que asco.
Con gusto hubiera tomado un asno o una carreta entre las montañas, pero a su destino solo se llegaba por mar ¿qué sentido tenía demorar la agonía? Cruzar el tranquilo mar Melheri como entrenamiento antes de llegar al Océano le había parecido una idea excelente. ¡Y un kruk de yak!
El estómago se le encogió de nuevo y tuvo que acercarse a la borda para expulsar nada. Su tez verdosa debía hacer buena combinación con el violeta de la niebla, pensó. Muy bien Patmos DeNair, un alumno aplicado. El anciano profesor de arte y naturaleza estaría muy orgulloso si estuviera aquí. Orgulloso y cubierto de vómito.
- Señor, no deberíais asomaros tanto por la borda. Los malautes saltan. -
Solo el capitán y el primer oficial le habían dirigido la palabra desde que comenzara el viaje dos semanas atrás. Los pasajeros eran pocos y rara vez salían de sus camarotes. La tripulación lo evitaba por sistema. Los marinos son supersticiosos y la capa blanca con forro violeta de los iniciados no solo le ofrecía cierto respeto, también un inquebrantable aislamiento.
Que un malaute le arrancara la cabeza de un mordisco era un final nada despreciable para alguien que estaba a punto de arrojar sus vísceras por la boca. Pese al malestar, Patmos sonrió.
- Me alejaré en seguida, capitán. Gracias por el consejo.-
El marino se volvió para seguir su camino pero un pensamiento lo detuvo.
        - Señor...-
         - ¿Sí?-
         - Sé que hace ya varias semanas que sufrís el mal de las mareas y estáis perdiendo mucho peso. No es de mi incumbencia y no querría parecer insolente, pero hay una anciana a bordo que...-
          - Continuad-
          - Es una aborigen de las tierras de May, una simple curandera. Desde luego no domina la ciencia de la hermandad... pero quizá pueda ayudaros.

Patmos dudó un momento. Aborrecía aquel aire de adoración supersticiosa que todos mostraban hacia su orden. No eran magos, ni sacerdotes, no eran intermediarios de ningún dios. Simplemente leían textos antiguos, estudiaban y aprendían. Pero no podía evitar desconfiar de los curanderos. Aquello sí que era superstición. Hizo una mueca desdeñosa y pensó en el anciano apestoso a pieles mal curtidas que vivía junto a Oria. Las mujeres acudían a por sus ensalmos y sus ungüentos de tripa de zorro. Más de una había muerto gracias a él, de un parto mal llevado o de una infección.

        - Gracias por el consejo, capitán. No creo que acuda, pero gracias. Podré aguantar hasta Helhi-
El capitán se alejó haciendo oscilar la cabeza. El mar Melheri podía ser rico en pesca, pero no era bondadoso. Si la niebla seguía tardarían más de dos semanas en llegar a Helhi y ese muchacho ya había arrojado hasta la primera leche que mamó de su madre.
Se volvió para mirar a Patmos sobre el hombro. Era alto y delgado, fuerte, pero pálido, y el hambre le marcaba profundas ojeras sobre los pómulos salientes. Un muchacho hermoso, había dicho la tabernera en el puerto, de cabellos cobrizos y ojos afilados. Se le habían puesto lilas con la niebla pero los tenía azules, como la mayoría de los nativos del macizo de Ök. No duraría mucho.
Y no duró.
La tarde del día siguiente se desmayó sobre cubierta. Mucha niebla, un grito lejano y un golpe. Un instante de dolor y luego, oscuridad.

Despertó en un camarote que no era el suyo. Olía a salitre y a escamas de pescado. Frente a sus ojos danzaba la cara más vieja que hubiera visto jamás, y eso que el frío de Oria tenía fama de mantener longevos a sus habitantes. Pero esta cara era ancianísima y diminuta, una pequeña pasa de pelo blanco y ojos oscuros, escondidos entre las arrugas. De repente la pasa sonrió. Era una sonrisa completa, jovial y tan blanca que parecía brillar en la oscuridad.
        - Atche, atche, bebe Mei, bebe... así, así, volente, buen niño. Mejor tú ahora, ¿sí?- me había llamado “buen niño”. ¡Y me estaba arropando! Aquello era, decididamente, una alucinación- Ahora tú duerme, descansa, mañana más telami, ¿como es?-
        - Comida- respondió una voz-
        - Ah sí, comida mañana. Hoy dormir Mei, así.-

La sopa estaba buena. Sabía a pescado y a algo dulce. Cerré los ojos y me dormí.
Soñé con aquella cara redonda y arrugada que se reía de mí. Yo era una patata en el granero de la fortaleza, en los sótanos de Oria, y ella se reía. Luego se daba la vuelta, saltaba con su cabello blanco ondeando al viento y así, a saltitos, me dejaba solo en la oscuridad.


  El maestro dijo una vez: suerte que no somos responsables de las tonterías que soñamos.