Hacía más de tres días que no se
veía nada. Mirara adónde mirara solo un denso resplandor violeta,
pegajoso y macilento.
La tripulación lo llevó bien las
dos primeras noches. La tercera, alguien creyó ver la alta espina
dorsal de un malaute de cabeza rosada y el pánico se disparó. A
pesar de ello, Patmos seguía en la borda, arrebujado en su capa.
Aunque también aborrecía aquella
densa niebla fosforescente, las ganas de devolver eran más fuertes
que su rechazo.
Jamás había puesto el pie en nada
más profundo que un riachuelo. La nieve era para él mucho más
natural que el agua y, a pesar de haber leído cientos de volúmenes
que hablaban con pasión de aquella inmensidad violeta, a él no le
causaba más que asco.
Con gusto hubiera tomado un asno o
una carreta entre las montañas, pero a su destino solo se llegaba
por mar ¿qué sentido tenía demorar la agonía? Cruzar el tranquilo
mar Melheri como entrenamiento antes de llegar al Océano le había
parecido una idea excelente. ¡Y un kruk de yak!
El estómago se le encogió de nuevo
y tuvo que acercarse a la borda para expulsar nada. Su tez verdosa
debía hacer buena combinación con el violeta de la niebla, pensó.
Muy bien Patmos DeNair, un alumno aplicado. El anciano profesor de
arte y naturaleza estaría muy orgulloso si estuviera aquí.
Orgulloso y cubierto de vómito.
- Señor, no deberíais asomaros
tanto por la borda. Los malautes saltan. -
Solo el capitán y el primer oficial
le habían dirigido la palabra desde que comenzara el viaje dos
semanas atrás. Los pasajeros eran pocos y rara vez salían de sus
camarotes. La tripulación lo evitaba por sistema. Los marinos son
supersticiosos y la capa blanca con forro violeta de los iniciados no
solo le ofrecía cierto respeto, también un inquebrantable
aislamiento.
Que un malaute le arrancara la
cabeza de un mordisco era un final nada despreciable para alguien que
estaba a punto de arrojar sus vísceras por la boca. Pese al
malestar, Patmos sonrió.
- Me alejaré en seguida, capitán.
Gracias por el consejo.-
El marino se volvió para seguir su
camino pero un pensamiento lo detuvo.
- Señor...-
- ¿Sí?-
- Sé que hace ya varias semanas que
sufrís el mal de las mareas y estáis perdiendo mucho peso. No es
de mi incumbencia y no querría parecer insolente, pero hay una
anciana a bordo que...-
- Continuad-
- Es una aborigen de las tierras de
May, una simple curandera. Desde luego no domina la ciencia de la
hermandad... pero quizá pueda ayudaros.
Patmos dudó un momento. Aborrecía
aquel aire de adoración supersticiosa que todos mostraban hacia su
orden. No eran magos, ni sacerdotes, no eran intermediarios de ningún
dios. Simplemente leían textos antiguos, estudiaban y aprendían.
Pero no podía evitar desconfiar de los curanderos. Aquello sí que
era superstición. Hizo una mueca desdeñosa y pensó en el anciano
apestoso a pieles mal curtidas que vivía junto a Oria. Las mujeres
acudían a por sus ensalmos y sus ungüentos de tripa de zorro. Más
de una había muerto gracias a él, de un parto mal llevado o de una
infección.
- Gracias por el consejo, capitán.
No creo que acuda, pero gracias. Podré aguantar hasta Helhi-
El capitán se alejó haciendo oscilar
la cabeza. El mar Melheri podía ser rico en pesca, pero no era
bondadoso. Si la niebla seguía tardarían más de dos semanas en
llegar a Helhi y ese muchacho ya había arrojado hasta la primera
leche que mamó de su madre.
Se volvió para mirar a Patmos sobre
el hombro. Era alto y delgado, fuerte, pero pálido, y el hambre le
marcaba profundas ojeras sobre los pómulos salientes. Un muchacho
hermoso, había dicho la tabernera en el puerto, de cabellos cobrizos
y ojos afilados. Se le habían puesto lilas con la niebla pero los
tenía azules, como la mayoría de los nativos del macizo de Ök. No
duraría mucho.
Y no duró.
La tarde del día siguiente se
desmayó sobre cubierta. Mucha niebla, un grito lejano y un golpe. Un
instante de dolor y luego, oscuridad.
Despertó en un camarote que no era
el suyo. Olía a salitre y a escamas de pescado. Frente a sus ojos
danzaba la cara más vieja que hubiera visto jamás, y eso que el
frío de Oria tenía fama de mantener longevos a sus habitantes. Pero
esta cara era ancianísima y diminuta, una pequeña pasa de pelo
blanco y ojos oscuros, escondidos entre las arrugas. De repente la
pasa sonrió. Era una sonrisa completa, jovial y tan blanca que
parecía brillar en la oscuridad.
- Atche, atche, bebe
Mei, bebe... así, así, volente, buen niño. Mejor tú
ahora, ¿sí?- me había llamado “buen niño”. ¡Y me estaba
arropando! Aquello era, decididamente, una alucinación- Ahora tú
duerme, descansa, mañana más telami, ¿como es?-
- Comida- respondió una voz-
- Ah sí, comida mañana. Hoy dormir
Mei, así.-
La sopa estaba buena. Sabía a
pescado y a algo dulce. Cerré los ojos y me dormí.
Soñé con aquella cara redonda y
arrugada que se reía de mí. Yo era una patata en el granero de la
fortaleza, en los sótanos de Oria, y ella se reía. Luego se daba la
vuelta, saltaba con su cabello blanco ondeando al viento y así, a
saltitos, me dejaba solo en la oscuridad.
El maestro dijo una vez: suerte que
no somos responsables de las tonterías que soñamos.

